lunes, 31 de agosto de 2009

La "playa" de L'Hospitalet

Artículo publicado en El Periódico.

La victoria de Chile en la guerra del Pacífico que le enfrentó a Perú y a Bolivia, entre 1879 y 1884, dejó a este último país sin costa. En 1920, L’Hospitalet de Llobregat perdió también su franja de litoral. La playa perdida de L’Hospitalet –convertida hoy en la Zona Franca, municipio de Barcelona– pasó entonces a ser un símbolo. Y como pasa con Bolivia, cuya reclamación de una salida al mar ya va por el siglo y pico de vida, se ha convertido en una reivindicación –eso sí, festiva– con grupo propio en el inefable Facebook: Bellvitge tuvo playa. Que nos la devuelvan. Suman ya 197 adhesiones.

La pérdida de los casi 10 kilómetros que formaban La Marina de L’Hospitalet –el municipio cuenta ahora sólo con 12– no fue producto de una guerra, sino de una transacción. El Gobierno quiso crear un puerto franco --una área con exenciones y bonificaciones de derechos aduaneros-- y compró esa franja como reserva de terreno. El proyecto no cuajó y, en los 60, se decidió crear una gran área industrial y logística anexa al puerto de Barcelona. Del proyecto original solo se conservó el nombre: la Zona Franca.

La compra de terrenos y los cambios administrativos estaban en boga, tanto en el siglo XIX como a principios del XX. A otra escala cabe recordar la venta que hizo Napoleón de los dos millones de kilómetros cuadrados que llevaban el nombre de Luisiana ( y que hoy agrupa a varios estados) o la que el zar Alejandro II (en una insuperable visión de futuro, tanto económico como geopolítico) hizo con Alaska. En ambos casos, el comprador, por cinco y siete millones de dólares respectivamente, fue Estados Unidos.

Ciertamente, la compensación que recibió el Ayuntamiento de L’Hospitalet por esas 947 hectáreas fue mucho más modesta: 83.980 pesetas. Aunque al lado del otro expolio que sufrió el municipio, en 1933, resulte un chollo.

El municipio ribereño no solo llegaba hasta el mar sino que por el otro extremo llegaba hasta la montaña, hasta la zona de Finestrelles. El Ayuntamiento de L’Hospitalet vendió esa lengua de territorio a cambio de que Barcelona se hiciera cargo del servicio de recogida de perros vagabundos, el de los Bomberos y de la vacunación de toda la población de la ciudad contra la viruela.

La Marina hospitalense estaba delimitada por la calle de la Riera Blanca, que llegaba hasta el mar en lo que hoy es, en buena parte, el paseo de la Zona Franca, y por el río Llobregat. Unas 70 masías se levantaban en el territorio. Sus expropiados moradores, junto aquellos que tenían terrenos sin casa y que, en total, sumaban unos 500 propietarios, recibieron, en total, más de ocho millones de pesetas, o sea, unas 16.000 pesetas de media.

Cuando el Estado empezó a hacer efectiva las expropiaciones, a partir de 1927, los propietarios, en general, se negaron a abandonar los terrenos. Muchas de estas fincas eran áreas de pasto para el ganado ovino, bovino, equino y porcino que, aunque hoy parezca mentira, campaban a sus anchas por lo que hoy es la Zona Franca. Se conseguían, gracias a la fertilidad del área deltaica del Llobregat, hasta ocho cosechas anuales de forraje. También había agricultura. Los productos punteros eran las hortalizas, que se vendían en los mercados de Barcelona e, incluso, se exportaban a Francia.

En el proceso de expropiación, y para medir la cuantía a pagar, el Estado dividió los terrenos en fértiles, regulares, dolentes (salinosos) y yermos, estos muy escasos.

Según explica el director del Museu de Història de L’Hospitalet, Josep Maria Solias, aun después de finalizar las expropiaciones, en 1932, en algunos casos con pleitos judiciales de por medio, y «como no se emprendió el proyecto de puerto franco, los hospitalenses siguieron yendo a la playa, desde el casco urbano –el actual centro de L’Hospitalet– hasta el faro del Llobregat.»
Este interregno llegó hasta los inicios de la Zona Franca, a finales de los 50, cuando las obras del polígono se comieron la playa. Desde entonces, los hospitalenses tienen que salir de su localidad para bañarse en el mar. Y lo cierto es que, en la actual ciudad metropolitana, hay pocas probabilidades de que esos terrenos vuelvan a ser algún día de L’Hospitalet. Pero ninguna de que vuelva a haber, ahí, una playa.

Xavier Barrena

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